La música de Los Chichos nació hace veinte años con la eterna libertad provisional que suele disfrutar el lumpen. Ahora, los hermanos Julio y Emilio González), el hijo de éste, Junior, acaban de lanzar al mercado “Sangre gitana”. Los Chichos viven en otro mundo y, como siempre, sus canciones tienen ese aire de vivir con lo puesto, lo que ofrece un entorno duro pero sincero.

Mientras hablan, Los Chichos se levantan y se sientan, entran y salen del lavabo, con la coletilla cortés del “perdona un momento…”. A la vuelta, cada comentario suyo es como el apunte de un guión por escribir. Sólo Junior mantiene el equilibrio de su recién estrenado protagonismo.

—¿Quién descubrió a Los Chichos?

—JULIO. Mi hermano Emilio, Jeros y yo hicimos una maqueta de la canción “Quiero ser libre”, se la llevamos a Felipe Campuzano y nos miró por encima del hombro. Fue el señor Antonio Sánchez, padre de Paco de Lucía, quien nos presentó a la compañía, la cantamos en directo y nos ficharon. De esto hace casi veinte años.

—¿Qué tenéis para que una estudiante de la Universidad de Montpellier (Francia) hiciese una tesis sobre vosotros?

—J. Es el duende para atraer a todas las masas, ¿sabes lo que te digo? Es muy natural.

—EMILIO. Aparte de guapos tenemos una gracia y un don que Dios nos ha dado y unas canciones que llegan a la gente. Y ahora más con la entrada de mi hijo Junior, que tiene veintiún años; con él empezamos otra vez a ser jóvenes.

—J. Jeros ha decidido tomar su propio camino. Mi hermano y yo podíamos salir perfecta-mente del paso, pero como la imagen de Los Chichos es la de un trío y la gente nos conoce así… Entró mi sobrino como podía haber sido otro cualquiera, siempre y cuando lo hiciera con dignidad. Pero él estaba más cerca y nos conoce de toda la vida.

—¿La “mili” puede interrumpir tu carrera musical?

—JUNIOR. La “mili” es una tontería, no te vale para nada y pierdes un año de tu vida. La guerra está tan mecanizada que las personas ya no sirven. Puedes hacer la “mili” si manejas ordenadores o eres un ingeniero físico nuclear porque

En nuestra casa somos castellanos,
gente seria, y no podemos
permitir que una hermana nuestra sea cantante”

 

…eres valido para lo que ellos quieren.

—¿Eres objetor de conciencia?

Jr. Si, estoy en una organización para la integración gitana en la sociedad, me muevo por los ministerios por si la gente que no entiende necesita hacer algún papeleo.

—¿Qué criterio seguís para escoger las canciones?

—J. Siempre hay una pequeña lucha con la dirección de la casa de discos porque no coincidimos. Al final los que mandan son ellos y el cabreo te lo llevas por dentro.

—¿Con el tiempo se ha ampliado vuestro público?

Emilio González Garcia "Junior"
Julio González Gabarre

—J. Tuvimos una época muy buena, sana y peculiar porque explotamos la corrupción y la marginación, la prostitución y todo eso. Fuimos los primeros en tocar eso y ahí estuvo la clave del éxito.

Yo soy consciente de que con esos temas no llegamos a todo el extenso público porque hay muchas clases sociales, pero en “Sangre gitana”, nuestro último elepé, hemos grabado una versión muy guapa de “Tu nombre me sabe a yerba”, de Serrat, para que la gente de buen rango se fije. —

¿Vuestras canciones están basadas en la experiencia, en lo que vivís?

—J. No siempre. Unas son reales, otras no, y las imaginadas se parecen a la realidad porque precisamente nuestro gancho está ahí.

—¿Qué hay de vivencia en “Amor de compra y venta”?

—J. Esa era de Jeros. Una canción es como un hijo y no sé los sentimientos que había ahí, si vivió lo que contaba o le salió de la imaginación… el caso es que pegó bastante.

Emilio González Gabarre

—¿En qué ha cambiado vuestra música?

—E. Antes todos los temas eran que si del amor, que si de la mujer, que si de la prostituta, que si de la cárcel… Ahora hablamos de gitanos, de cuchillos, de la luna, de la nieve, o sea, va bastante variado ¿no? Quizás es un cambio en el que hemos acertado.

—¿Cuál es vuestro concepto de la familia?

—J. La ley gitana se basa en un código donde hay unas tradiciones y hacemos una piña, cualquier familia de gitanos se lleva bien.

¿Cuántos hijos tenéis?

E. Cinco hijos, dos están casados y tengo dos nietas que son preciosas.

—J. Tengo dos niñas con cinco y seis años, y dos niños desperdigados por ahí, legítimos pero desperdigados.

—¿Sois caseros?

J. A mí me encanta.

—E. Ahora sí, pero hace un tiempo yo era un “balilla”. —

¿Qué piensan vuestras mujeres de vuestro trabajo?

—J. Es nuestra profesión y deben asumirlo así.

—E. Bueno, hay veces que están locas porque te vayas.

—¿Por qué no han formado dúo vuestras hermanas Milagros y Nieves como las chicas de “Azúcar Moreno”?

—J. Cada familia es una crianza distinta, depende también del sitio donde hayas nacido.

En mi casa somos castellanos, gente seria, y no podemos permitir que una her-mana nuestra sea cantante, pero en la de “Azúcar More-no”, que es de otro terreno, sí es normal.

Cuando las entrevistan hablan en general de las gitanas y eso está muy mal hecho, si hablan que sea de ellas mismas. Ellas que hagan lo que quieran.

—Jr. Los gitanos somos machistas porque nos gustan que nuestras mujeres se comporten como mujeres y nosotros tratarlas como reinas. Para dedicarse a esta profesión hay que estar muy metido en la noche y si vives la noche no eres una persona normal.

Mis tías, cuando vienen con nosotros haciendo coros y terminamos la actuación, se van al hotel y nosotros nos vamos por ahí.

—E. A mí no me gusta que sean artistas, aparte de que ellas no quieren.

—¿Tomáis algún estimulante para trabajar?

J. Una “rayita” de cocaína de vez en cuando, pero sin más. ¡Para qué nos vamos a equivocar si es la verdad!

Junior no.

—E. Todos los artistas que viajamos nos metemos nuestras “rayitas” de coca porque nos ayuda para hacer los viajes.

—¿Sois solidarios con los presos?

J. Si. Hemos actuado en Ocaña, en Barcelona, en Yeserías, en Carabanchel… Yo soy mimbro de la Cruz Roja, tengo un diploma y estamos encantados de hacerlo sin ningún interés.

—¿Qué sensación os produce encontraros con amigos en la prisión?

—J. Pues mala suerte, quien la hace la paga. La ley es la ley y la delincuencia es la delincuencia. Si te atreves a ir a por todas y te has expuesto es tu problema.

—¿Qué opináis sobre la Ley de Seguridad Ciudadana?

—J. Es deprimente y devastador que irrumpan en tu intimidad.

—Jr. Yo creo que va en contra de la Constitución.

—E. A la policía le falta mucho por aprender.

—Pues tengo entendido que en Blanes (Gerona) tenéis fans en la policía.

—J. Sí, la Guardia Civil nos adora. Dos miembros de la brigada antidroga grabaron una cinta con temas nuestros. Cantando eran los peores del mundo.

Uno de ellos me enseñó una bolsa de “blanca” (cocaína): “Mira, tres meses para enganchar esto”, dijo, y yo le contesté: “abre, abre” y le metí la “zarpa” y “dacoqui” (el gesto de coger un puñado y guardárselo).

—¿Cada vez hay más distancia entre gitanos y payos?

—J. Para mí existen el hombre y la mujer íntegros, sin aberraciones…

—E. Mis mejores amigos son “payos-. Afortunadamente yo no he sentido la discriminación, yo soy español, yo soy una persona muy humana y para mí no existe el racismo.

—J. A lo mejor se fijan más en los gitanos porque tenemos un estilo, un cuerpo esbelto y distinguido…

—¿A qué se debe la implantación de la Iglesia Evangelista en las comunidades gitanas?

—Jr. Yo estuve una temporada porque me gustaba eso de creer en un Dios vivo. Había gitanos con cuarenta y cincuenta años que son salvajes, gallos de pelea que allí eran corderos. A lo mejor esa religión es falsa, pero se disfruta estando allí porque tienes una paz enorme.

—E. Yo lo intenté porque veía a la gente tan feliz y contenta que fui a ver si Dios me podía tocar. Hay veces que me lo he pasado muy bien, pero otras me aburría.

¿Prohiben cosas?

—J. Sí. Fumar… —Jr. Robar, matar…

—J. Sin llegar a tanto como dice mi sobrino, un buen “aleluya”, un buen evangelista, no fuma, no trasnocha, no da pasos malos, no se junta con malas compañías… Mira, yo por ser un buen cristiano ni grabaría, me borraría de la compañía y me quitaría de muchas cosas.

—E. Mi mujer lleva veinte años ahí y cuando está fuera no hay quien la aguante. ■


 

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