
que cantó las esquinas de España
Todo empezó en una discoteca de Vallecas con nombre de novela romántica: Lover
… Allí, entre luces estroboscópicas y humo de tabaco, llegó a principios de los años 70 un joven apodado el Chicho, buscando algo más que una oportunidad. Venía con su hermano Julio y un puñado de canciones prestadas de Bambino, Peret y algún que otro amor roto. Tocaban en mesones del centro y en pubs de la Costa Fleming, ese Madrid que se creía playero. Pero lo que querían era sitio fijo, micro abierto y un poco de respeto.

En aquella sala mandaba Eduardo Guervós, cantante de Los Cracks y relaciones públicas de todo lo que se movía. No solo les dio un hueco en el cartel, también les dio un nombre: Los Chichos. Y cuando se les quedó corto el escenario, trajeron a Jero, que venía del Pozo del Tío Raimundo con canciones bajo el brazo y un mote que, según cuentan, venía de “ajero”, el que vende ajos. Desde ese primer viaje a Vigo en tren, con Jero cantando Quiero ser libre entre vagón y vagón, el destino se había escrito.

“Son demasiado gitanos”
Así respondió Philips, la discográfica, cuando escuchó aquella primera maqueta. También lo diría más tarde RTVE. Pero la verdad es que el pueblo no opinaba igual. Cuando salieron a la calle Ni más ni menos y Quiero ser libre, se agotaron. En el extrarradio, donde las penas duelen más y las alegrías son a gritos, se había encendido algo. Los Chichos eran nuestros. Y punto.

El sonido que no se olvida
La diferencia entre Los Chichos y el resto no era solo lo que contaban, sino cómo sonaban. Las producciones eran potentes, casi cinematográficas. José Torregrosa y Alfredo Garrido pulieron ese sonido entre la rumba y el rock, con cuerdas, metales y alma. No era solo música: era una película en estéreo.
Los grupos con “che”
Tras ellos vinieron Los Chunguitos, Los Chorbos, Los Chavis, Los Cheles… todos en esa estela de rumbas, barrio y verdad. Algunos eran familia directa. Otros, simplemente, querían parecerlo. Y es que en las gasolineras de entonces, donde los casetes se vendían como rosquillas, un «che» podía marcar la diferencia entre sonar… o no.


Los presos, el Vaquilla y la tragedia
Los Chichos sellaron su vínculo con el mundo marginal con la banda sonora de Yo, el Vaquilla. No fue postureo: presentaron el disco en la prisión de Ocaña. Y no fue la única. Tocaron en más de veinte cárceles. Su música no era para los de arriba, sino para los de adentro y los de abajo.
Pero también hubo sombras. Muchas. Las drogas llegaron como llegaron a tantos en aquella época: de golpe, sin pedir permiso. Emilio llegó a comprarse un piso justo encima del de su camello. Julio habló de la base como “la causa real” de la ruptura del grupo original. Y Jero… Jero se fue. Solo. Triste. El 22 de octubre de 1995 se tiró por el balcón de su casa en el Pozo. Tenía 44 años. Dejaba dos discos en solitario y más de 200 canciones registradas.


