El primero en despreciar a Los Chichos fue Felipe Campuzano. “Fueron a enseñarle algunas canciones para que les ayudara a entrar en una discográfica y lo único que hizo fue mirarles por encima del hombro”, cuenta Emilio González García, alias Junior, el miembro más joven del trío. El mismo que sustituyó al Jero hace ya 29 años, poco antes de que las drogas y una depresión acabaran con su vida al caer —o lanzarse— desde la terraza de su casa, un segundo piso del barrio madrileño de Entrevías.

¿Quiénes eran aquellos gitanos para creer que podían grabar un disco con aquellas rumbas “cutres” que hablaban de marginalidad?, debió de pensar el famoso pianista gaditano, autor de éxitos como “Te estoy amando locamente” de Las Grecas.

Asomaban los años 70. Emilio González Gabarre y su hermano Julio —en cuya casa del Pozo del Tío Raimundo, en Vallecas, tiene lugar esta charla— se ganaban unas perras tocando en los burdeles de la calle Doctor Fleming. “Yo antes había estado una temporada actuando con los hermanos Farina en otras casas de citas del barrio chino de Salamanca, en fiestas privadas de señoritos. Como era el único guitarrista, todos los cantaores me llamaban a mí. Pronto empecé a mandar a casa giros de 300 pesetas a la semana. Nuestro padre se quedó tan alucinado que se fue corriendo a Salamanca porque pensó que estaba robando o traficando”, recuerda Emilio sobre aquellos años en los que el boom de la heroína estaba a punto de llegar y la delincuencia juvenil crecía en los extrarradios.

“Ese era el mundo al que le cantamos desde el principio. A los presos, los engaños amorosos y los problemas con las drogas, algunos vividos por nosotros en primera persona o por nuestro entorno”, añade Julio, que en aquella época dejó de vendimiar para unirse a su hermano en una actuación en la discoteca Lover que Ángel Nieto había abierto en Vallecas. A los clientes les gustó tanto que pronto les fueron saliendo más actuaciones.

Los terceros en despreciarlos fueron los medios de comunicación. La Ser y TVE les vetaron durante mucho tiempo por ser, igualmente, “demasiado gitanos”. Y cuando por fin consiguieron una actuación en el programa de José María Iñigo, la Guardia Civil quiso detenerlos en la puerta de la cadena pública porque no se creía que los micrófonos fueran suyos.

Ellos siguieron grabando y vendiendo discos sin más ayuda que el boca a boca. Con el dinero que ganó del primer álbum, el Jero compró lavadoras, televisores y neveras para todos sus vecinos. Era el comienzo de una carrera que este año cumple 45 años y en la que han vendido más de 22 millones de copias solo en España. Una cifra inalcanzable para la mayoría de grupos que ellos lograron sin campañas de prensa, con reticencias de los medios a radiar sus canciones y sin aparecer en las listas de los más vendidos, aunque habitualmente lo fueran. “Es una injusticia”, defienden Los Chichos, que el viernes 19 de enero se despiden de Madrid para siempre en el Festival Inverfest (Teatro Circo Price, 21.00 horas).

¿Este inicio de retirada tiene que ver con que resulta muy difícil ganarse la vida con la música ahora?
Julio: Algo hay de eso. Con la crisis se han producido muchos cambios en las discográficas. Han puesto a mucha gente joven en despachos potentes a los que no les interesa la rumba y desprecian lo que hicimos, aunque hayamos vendido tantos millones de discos.
Junior: Los Chichos venimos de otra época. En las compañías antes había personas, comunicación y cariño. Hoy las dirigen jovencitos que únicamente miran las cifras. Además, los contratos de ahora son espartanos y nosotros, después de llevar toda la vida vendiendo discos, no vamos a ceder un tanto por ciento de nuestros conciertos para que nos saquen un álbum, tal y como exigen.

¿Por qué les vetaban los medios?
Junior: Cuando Los Chichos vendieron sus primeros ocho millones de discos, no salían ni en las listas ni en ningún lado. Otro artista vendía dos y lo encumbraban rápidamente. ¿Cuándo has visto tú a Los Chichos en Los 40 Principales a pesar de haber vendido 22 millones de discos? Nunca.

¿Pero por qué Los 40 Principales se negaban a sacaros?
Junior: Porque eran canciones políticamente incorrectas. Sufrimos las consecuencias de cantarle a los problemas de un país que no querían reconocer, como las drogas, la violencia de género o la delincuencia. Temas, en definitiva, que denunciaban lo que les correspondía a los políticos.
Julio: Los responsables de las cadenas de radio eran, además, unos sibaritas muy raros. Imagínate lo que es vender 22 millones con el boca a boca y no salir en las listas. Es una cosa que clama al cielo, pero así fue.

En ese momento Julio coge su guitarra nueva, se sienta en el sillón del salón con la pared forrada de los discos de oro y platino conseguidos, y se arranca con “Vamos a callar” (1977). Prefiere explicarlo cantando. Su hermano, algo más tímido, se une a mitad de la estrofa:

“… se pasa el día entero trabajando y vuelve a casa y le dan de lao.
Su niño dice: ‘Papaíto mío, quiero un juguete como el de mi amigo.
Él tiene muchos, yo no tengo nada’. Si nada tienes para que trabajas.
Me gustaría decir la verdad para gritarle a los cuatro vientos,
que en este mundo no hay humanidad, que solo manda el que tiene dinero.
Y todavía nos mandan callar, de lo contrario van y te meten preso.
Vamos a callar, vamos a callar, vamos a callar para seguir viviendo”.


Junior: ¿Tú veías letras como esta en alguna lista de aquellos años?

¿Sufrieron la censura en algún momento por letras como esta?
Junior: Solo en “La historia de Juan Castillo” [una canción que hablaba de un sargento de la Guardia Civil que había asesinado a un amigo suyo y al que hacían referencia con su nombre real]. Obligaron al Jero a cambiar los nombres y los detalles de lo que se contaba, ya que había ocurrido de verdad. El tema daba pelos y señales del sargento que metió la gamba.

Con tantos discos vendidos se habrán hecho ricos…
Junior: Se ha hecho rico todo el mundo menos nosotros. Nunca hemos exigido grandes cantidades ni hemos tenido grandes pretensiones de hacernos ricos. Y aunque hemos ganado dinero y hemos podido vivir de ello todos estos años, en las épocas en las que hacíamos más de 30 conciertos en el mes de agosto, el caché que teníamos era muy bajo.
Emilio: Todos han ido a chupar con nosotros. Desde la casa de discos hasta las sociedades de autores, se lo han llevado muerto.
Julio: Toda la vida grabando y ahora nos dicen que no somos dueños de nuestra obra. A Camarón le pasó algo parecido. Una vez me comentó: “Me dicen ahora que mi obra no me pertenece”. Tanto fue así que no pudo legar nada a sus hijos cuando murió.

Triunfaron en el Primavera Sound de 2015, que no parecía a priori su público, pero también dieron conciertos en penales como el de Ocaña, en 1985.
Emilio: En Ocaña y en todas las cárceles de España. Íbamos a ellas con más amor, a quitar las penas y que pasaran un rato bueno, para que se olvidaran de dónde estaban. Toda esa gente presa procedente de los ambientes marginales nos adoraban. Jamás quisimos cobrar un duro por aquellos conciertos.
Julio: Y no es que nosotros hagamos beneficencia, porque el trabajo no lo regalamos. Pero cuando íbamos a las prisiones, nos pagábamos hasta el transporte, el alojamiento y las comidas. Eran los conciertos más difíciles. En los normales, la gente paga por verte, divertirse y volver a casa, pero en la cárcel no se divertían, simplemente se distraían un poco. No es lo mismo.

¿Han tenido que ir a la cárcel a visitar a conocidos sin ir a actuar?
Junior: Sí. Hace poco, por ejemplo, fui a ver a un buen amigo que tuvo que buscarse la vida como pudo y, por desgracia, acabó preso. Tampoco hay que hacer un drama de ello. Siempre digo que no hay una sola persona que no se identifique con una canción de Los Chichos, ya sea por el tema de la delincuencia, el desamor o las drogas.

A Emilio le he visto precisamente predicar en una iglesia evangelista del centro de Madrid, y decir: “Si alguno de los jóvenes que me estáis escuchando tenéis algún problema con las drogas, enganchaos a Cristo, por favor, es la única salvación”. ¿Usted solo recurrió a él para desengancharse?
Emilio: Sí, solo a Cristo.

¿No le ayudó ninguna clínica?
Emilio: Nada, no hay medicinas ni psiquiatras que valgan. El vacío que me quedó cuando dejé de consumir heroína y cocaína me lo llenó Jesús. La voluntad de Dios fue la única medicina que conocí.

¿La droga, en la época del boom de la heroína a principios de los 80 y con la cocaína después, hizo mucho daño a vuestro alrededor?
Emilio: Sí. Durante muchos años yo me sentí como un estropajo, muy mal… pero dime tú a mí qué político no se ha fumado un porro o se ha metido una raya de cocaína. Todo el mundo lo ha probado.
Junior: Lo peor es cuando te domina. Yo he visto a hombres como castillos convertirse en peleles. ¿Cómo no podría dominarme a mí? En aquella época era fácil caer, porque apenas había información. El que se enganche ahora, sin embargo, merece todo lo que le pase, puesto que se conocen perfectamente las consecuencias.

¿Conocieron a El Vaquilla en esa época?
Emilio: Sí. Tuvimos que ir a Ocaña cuando hicimos la música para su película. Como estaba preso, le tuvo que interpretar El Torete, un chaval de aquí del barrio [un delincuente y actor español, detenido por tráfico de drogas, que alcanzó la fama con Perros callejeros antes de morir de sida en 1991]. Tanto él como El Vaquilla nos admiraron siempre.

¿Y ustedes admiraban a El Vaquilla?
Los tres a la vez: ¡Claro!
Julio: El Vaquilla me contó una vez que, siempre que robaba un coche, tenía que llevar una cinta de Los Chichos. Si no, no lo hacía. Fue él quien exigió al director, José Antonio de la Loma, que nosotros hiciéramos la banda sonora de su peli.
Junior: De todas formas, aunque El Vaquilla se hizo muy famoso, aquí había veinte mil delincuentes como él. El Pera, por ejemplo, que con 11 años ya robaba coches y se iba con ellos a hacer trompos a la puerta de la comisaría para que le persiguieran.

 

En su famosa canción dicen: “Tú eres El Vaquilla, alegre bandolero, porque lo que ganas, repartes el dinero”. Pero él no lo repartía como si fuera Robin Hood como dan a entender, ¿no?
Junior: No, hombre, lo repartía entre su familia. Aunque no hace falta ser El Vaquilla para hacer eso. Mi tío Julio toda la vida llegaba de gira y tenía (y tiene) a veinte mil familiares pidiendo dinero en la puerta de su casa.
Julio: Para lo poco que gano y, cuando llego, tengo que repartirlo. Si está todo el mundo en el paro, cómo no lo van a estar ellos. Así que aporto lo que puedo… mientras pueda.

¿Y han ahorrado lo suficiente como para estar tranquilos el resto de sus días?
Junior: Los más ricos del cementerio no vamos a ser.
Emilio: Teniendo salud y a Dios, el resto no importa.

¿Pero tienen algún plan de pensiones para cuando se retiren del todo?
Junior: A mi padre le pasó lo mismo que a Lola Flores, le utilizaron de cabeza de turco. Tenía una deuda con Hacienda y le exigieron pagar todo para dar ejemplo a los demás artistas. Tuvo que vender un piso. No te olvides de que en nuestro gremio tenemos que pagar de impuestos el 40% de los ingresos sin derecho a pensión. Así que tienes que ahorrar lo que puedas…

¿Y pagaban, entonces, la cuota de autónomos o algo parecido para optar a una pensión?
Emilio: ¡Vamos a dejar ese tema! Hemos tenido que hacer filigranas. Hemos vivido bien y no nos hemos privado de nada.

La entrevista acaba entre fotos, vino, risas y la visita de un sobrino de Salamanca. Abandonamos la casa de Julio acompañados por Emilio y Junior. Caminan lento hablando tranquilos, recordando cómo era el barrio antes. Se despiden para subirse a su coche: un Mercedes… de hace más de 25 años.