El suicidio de Juan Antonio Jiménez, antiguo líder de Los Chichos, profundiza el aura trágica del flamenco urbano

Los tres integrantes en Bilbao a la izquiera Jero, Centro Julio y luego Emilio

Las primeras lluvias del otoño en Madrid caen sobre las rosas que cubren la tumba de Juan Antonio Jiménez Muñoz, Jero, 44 años, casado y padre de dos hijos, autor de 18 discos —16 con Los Chichos, 2 en solitario— y una maqueta grabada que, por expreso deseo familiar, nunca podrá escuchar el público.

 El pasado domingo, sus familiares estaban lejos de sospechar que Juan Antonio, víctima de fuertes depresiones a lo largo de los cuatro últimos meses, aprovecharía un momento de descuido para sentarse hacía atrás en la balaustrada de su terraza —un segundo piso enclavado en el Pozo del Tío Raimundo— y dejarse desequilibrar hacia el vacío. El cuerpo quedó sobre el pavimento, rodeado por un grupo de vecinos,

Vecinos del El Pozo junto al bar Espartero

Ahora Jero descansa en el panteón familiar junto a dos de sus hermanos, a los que el caballo arrastró prematuramente a este cementerio inmenso de Carabanchel; un bosque de lápidas donde la vista se pierde entre cruces de mármol y ángeles de piedra y, más allá, descampados y bloques y más bloques hasta alcanzar la línea del horizonte.

La mañana siguiente al día del entierro, después de la avalancha de fotógrafos, curiosos y artistas del cante, el cementerio está en silencio, vacío. Sólo queda una joven, que pega con celofán una poesía manuscrita sobre una lápida.

Emilio y Julio en el parque frente la casa de Jero

¿Qué estás buscando?», pregunta la chica. ¿La tumba del de Los Chichos? Espera, yo también voy a verla… A veces vengo a poner unas flores a mis padres —cuenta, mientras recorre las hileras de difuntos anónimos entre los que descansa el cantante—.

Primero murió mi padre, y mi madre le siguió a los pocos meses; yo me quedé con mis hermanos. Luego empecé con la heroína…» 

LOS AÑOS DEL HAMBRE

Una historia que bien podía haber rubricado el propio Jero, un gitano de Valladolid llegado de muy niño a la capital, cuando a Madrid lo rodeaba un cinturón créciente de chabolas donde se apiñaban miles y miles de inmigrantes que hicieron del extrarradio una prolongación de sus pueblos y ciudades del Sur. 

Los viejos del Pozo, distrito de Entrevías, recuerdan a aquel chiquillo que cantaba a las puertas de los bares para sacarse unos duros en los años de miseria, barro y hambre: «Lo hemos visto crecer», comentan los parroquianos del bar Espartero. «A él y a todos los hermanos. Eran los únicos gitanos que había entonces en el Pozo. 

Buena gente, que sabían estar con los payos, como dicen ellos. Jamás se metieron con nadie. Todo lo contrario: `Jero’, si podía hacer un favor, se lo hacía a cualquiera. Mientras tuvo dinero, claro». A la puerta de la casa del ex—Chicho, su Pontiac rojo permanece aún aparcado. Jero no era un buen cliente del bar, al que sólo bajaba a tomar café o por un paquete de tabaco. «El nunca fue hombre de bares», asegura el dueño del Espartero.

Mariano Jiménez hermano de Jeros
«ERA UN HOMBRE BUENO»

«Mientras las cosas le fueron bien, apenas paraba por el Pozo; ni él ni ninguno de Los Chichos. Andaban por el centro, en las salas de fiestas… En los últimos tiempos le hemos visto más, y últimamente se le notaba mala.

Los vecinos que pasan junto a la casa no pueden- evitar elevar su vista al balcón, a unos diez metros del suelo, desde el que se precipitó al vacío: «Ay, qué dolor —exclama una gitana vieja—; todo el mundo mirando p’arriba».

Festival Andaluz con Los Chichos 1979

En el piso de Jiménez Muñoz el dolor no se expresa en palabras. Sólo con traspasar el portal ya se oyen los suspiros. La madre y la viuda del músico, cubiertas con pañuelos y mantones negros, están sentadas en sillas tiesas, de respaldo de madera.

Dos hermanos de Jero y su hijo, Chaboli, de 20 arios, percusionista acompañante del grupo Ketama, aparecen derrengados sobre los sofás, con los ojos enrojecidos.

El dolor se respira en la habitación, la ausencia se palpa en las paredes vacías del cuarto. «Mira, hemos quitado todas las fotos y los discos de oro, ahora que no está él», dice su mujer, Araceli. La viuda se muestra muy dolida ante algunas informaciones publicadas sobre Jero:

«Han dicho que nos había dado de lado, que no vivía con sus hijos. Mentira. Llevábamos 22 años casados y aquí nunca ha faltado de ná. Era un hombre bue-no». «Pedir que fuera mejor sería avaricia», tercia Mariano, uno de los hermanos de Jero, con la voz temblorosa. «Ahora llevaba cuatro meses sin tomar drogas y le estaban tratando varios médicos.

Hace unas semanas ya había intentado tirarse, pero pudimos agarrarle a tiempo. Pero esta vez no nos esperábamos nada. ¡Qué íbamos a imaginar! Fue en un segundo. Un momento de descuido y…»

Jero fue el primer artista en la familia Jiménez. «lo llevaba en la sangre», dice con orgullo su hermano. «Jero» que en paz descanse, era un rumbero innato, con una mentalidad increíble para componer». «Fue un pionero», añade su hija.

Lo fue, realmente. Juan Antonio no quiso seguir el camino marcado’ por Peret o Rumba 3, que hablaban de amores fáciles bajo las estrellas del verano en una España playera, paraíso de alemanas y suecas.

En las canciones de Los Chichos, las lágrimas no caen en la arena sino sobre el duro asfalto del suburbio.

En 1971, Los Chichos —Jero y los hermanos Julio y Emilio González Gabarre, madrileños de Cuatro Caminos—, con un puñado de canciones grabadas en una maqueta y la ambición de grabar un disco, entraron en contacto con Felipe Campuzano, pero el pianista no les hizo demasiado caso. Fue Antonio Sánchez, padre de Paco de Lucía, quien les introdujo en la casa Phillips.

Ni más ni menos (1974), su primer álbum, incluye doce composiciones, todas ellas firmadas por Jiménez Muñoz.

En posteriores discos, hasta Ojos negros (1989, año en que deja la banda), sus temas se alternan con los de sus compañeros de grupo. Pero fue Jero quien siempre llevó la voz cantante. Son veinte años de éxitos que convierten a Los Chichos en niños mimados de la compañía Philips, los superventas de la discográfica.

El arte, como las procesiones, va por dentro. Sin conocimientos de solfeo y con apenas cuatro acordes de guitarra, Jero va hilvanando un mundo traspasado de desengaños, infidelidades, amores de compra venta, la tentación de la droga y la trampa del talego.

Ahora, los reyes de la rumba tocan canciones de muerte. «Nos conocimos aquí, en el barrio, hace 28 años, cuando todo esto eran chabolas», recuerda Julio González en su casa, a unos metros de la de Jero, enfundado en un batín de flores que no logra restarle un ápice de su prestancia de viejo león, de faraón rumbero. «A mi hermano y a mí nos había salido un contrato en Vigo, en la sala Electra; ya no existe, se quemó. Le llamamos a Jero’ para que nos acompañara con los timbales; por la actuación le pagaron cinco mil pesetas, que le entregué yo en billetes de veinte duros.

Ibamos para Vigo y él llevaba el coche; nos salimos de la carretera y dimos tres vueltas de campana. Pues salimos sin un rasguño. Hemos ródado mucho juntos… Fíjate, en aquella época ya tocábamos en salas de fiestas, pero cuando queríamos ir de juerga no nos dejaban pasar a las discotecas porque no teníamos aún los dieciocho».

«LO LLEVABA EN LA SANGRE»

Jero fue el primer artista en la familia Jiménez. «lo llevaba en la sangre», dice con orgullo su hermano. «Jero» que en paz descanse, era un rumbero innato, con una mentalidad increíble para componer». «Fue un pionero», añade su hija.

Lo fue, realmente. Juan Antonio no quiso seguir el camino marcado’ por Peret o Rumba 3, que hablaban de amores fáciles bajo las estrellas del verano en una España playera, paraíso de alemanas y suecas.

En las canciones de Los Chichos, las lágrimas no caen en la arena sino sobre el duro asfalto del suburbio.

En 1971, Los Chichos —Jero y los her-manos Julio y Emilio González Gabarre, madrileños de Cuatro Caminos—, con un puñado de canciones grabadas en una maqueta y la ambición de grabar un disco, entraron en contacto con Felipe Campuzano, pero el pianista no les hizo demasiado caso. Fue Antonio Sánchez, padre de Paco de Lucía, quien les introdujo en la casa Phillips.

Ni más ni menos (1974), su primer álbum, incluye doce composiciones, todas ellas firmadas por Jiménez Muñoz.

En posteriores discos, hasta Ojos negros (1989, año en que deja la banda), sus temas se alternan con los de sus compañeros de grupo. Pero fue Jero quien siempre llevó la voz cantante. Son veinte años de éxitos que convierten a Los Chichos en niños mimados de la compañía Phillips, los superventas de

El arte, como las procesiones, va por dentro. Sin conocimientos de solfeo y con apenas cuatro acordes de guitarra, Jero va hilvanando un mundo traspasado de desengaños, infidelidades, amores de compra venta, la tentación de la droga y la trampa del talego.

Ahora, los reyes de la rumba tocan canciones de muerte. «Nos conocimos aquí, en el barrio, hace 28 años, cuando todo esto eran chabolas», recuerda Julio González en su casa, a unos metros de la de Jero, enfundado en un batín de flores que no logra restarle un ápice de su prestancia de viejo león, de faraón rumbero. «A mi hermano y a mí nos había salido un contrato en Vigo, en la sala Electra; ya no existe, se quemó. Le llamamos a Jero’ para que nos acompañara con los timbales; por la actuación le pagaron cinco mil pesetas, que le entregué yo en billetes de veinte duros.

Ibamos para Vigo y él llevaba el coche; nos salimos de la carretera y dimos tres vueltas de campana. Pues salimos sin un rasguño. Hemos ródado mucho juntos… Fíjate, en aquella época ya tocábamos en salas de fiestas, pero cuando queríamos ir de juerga no nos dejaban pasar a las discotecas porque no teníamos aún los dieciocho».

Rumbero de nacimiento, llevó la rumba a categoría sociológica. (1990)
UN PADRAZO

Su hermano Emilio, apodado Chicho,’ es hombre de pocas palabras: «Qué quieres que te diga. Eramos como hermanos. ‘Jero’ era una persona sensible, y con los suyos un padrazo… Todos tenemos depresiones, cada uno las lleva como puede».

La marcha de Jero del grupo, en 1990, supuso un fuerte bajón para Los Chichos, que le sustituyeron por un hijo de Emilio González. Mientras, Juan Antonio pasa a Polydor, una filial de la millonaria Philips. Pero ya nada sería lo mismo. »El público se llevó una decepción al separarnos», cuenta Julio. «Es que la gente es mala

Antes de salir a actuar Los Chichos se toman unas copas para estar a tope de alegría

Empezaron a decirle que era un fenómeno, y que podía volar solo… Claro que si llegamos arriba —reconoce— fue por él; al César lo que es del César.

Hemos sido fenómenos: mira todos los discos de oro. Tardaron en dárnoslos, pero cuando llegaron no fue uno ni dos; fue una carretilla llena. Nuestros discos no necesitaban promoción. El dinero de nuestra promoción se lo gastaban en otros artistas».

Los Chichos, los tres, se reunieron por última vez el domingo por la mañana, horas antes de la tragedia: «Nos lo encontramos en el rastrillo de Entrevías; andaba bien, tomándose unos chatos. Nos comentó que el 1 de noviembre iba a ir al cementerio, a poner flores a sus hermanos. Sólo él sabe lo que le pasó por la cabeza»

 

Toda la información leída ha sido extraída del periódico el CORREO de la época, incluyendo  texto y fotos originales