¿Quién era el del medio de Los Chichos, como dice el estribillo de Estopa? Toda una figura que vivió al límite, como los protagonistas de sus canciones desgarradas de los setenta y ochenta, y desapareció trágicamente en 1995. Su hijo recuerda su genio en un disco-homenaje. 
Los hermanos Emilio y Julio a los lados y Jeros en el centro. Foto promocional 1981 -Madrid-

EnMedioDeLosChichos

La escena tiene lugar en el patio del penal de Ocaña. Año 1985. Los Chichos han puesto música a Yo, el Vaquilla, otra película trepidante de José Antonio de la Loma, esta vez basada en las peripecias de Juan José Moreno Cuenca. Como el personaje está encerrado en Ocaña, los rumberos se han comprometido a ofrecer allí un concierto. No hay un ambiente muy risueño, a pesar de los esfuerzos del director de la cárcel como presentador jovial.

Salen Los Chichos a la tarima e interpretan el primer tema. Se palpa más curiosidad que alegría; sopla un viento cruel. Para calentar el ambiente, Juan Antonio Jiménez Muñoz, alias Jeros, cabecilla del grupo, de punta en blanco, se dirige a los reclusos: “¿Qué queréis?”. Varios cientos de gargantas responden al unísono: “¡Co-ca-i-na!”. Jeros aclara: “Que no, que hablo de canciones”. Chaboli, hijo de Jeros, debe haber oído muchas anécdotas como éstas.

Sonríe débilmente y corta esa línea de preguntas: “Unos cardan la lana y otros se llevan la fama. Yo me he movido mucho por ambientes diferentes y todos toman drogas, gitanos y payos, rockeros y flamencos, españoles y guiris”. Julio Jiménez Borja, alias Chaboli (“en romaní, significa hijo predilecto”), tiene 26 arios y conoce mundo. “He recorrido Europa y América, tocando cajón y percusión con Joaquín Cortés, con Ketama, con Niña Pastori. ¿Yo, drogas?

Jero, Paco Ortega y Joaquín Sabina en 1989 Sala Jácara

Normalmente ni cerveza bebo. Me llaman El Niño del Solán de Cabras. Aunque, grabando este disco, hubo una noche que pillé la mayor curda de mi vida, nos liquidamos cinco botellas de whisky. Montamos una juerga con canciones de mi padre y perdí la cabeza”. El disco es Homenaje a Jeros, una laboriosa operación de cirugía estética musical, lo que algunos cínicos de la industria llaman un desenterrado. Se han tomado nueve temas de Los Chichos y se han aislado las voces, se han engarzado nuevos fondos instrumentales al…

…caribeño estilo Ketama (José Miguel Carmona produce al lado de Chaboli) y se han realizado duetos con Lolita, Niña Pastori y Jarabe de Palo.

Pero la borrachera de Chaboli sucedió durante una de las sesiones que generaron Los buenos momentos, un popurrí de éxitos de Los Chichos recreados en ambiente de fiesta flamenca, con Marina Heredia, Duquende, Tomasito, Pepe Habi-chuela, José Soto, Montse Cortés, Pepe Luis Carmona y los actuales Chichos.

Estrictamente hablando, Los Chichos no eran artistas flamencos. Lo suyo tiene diversas etiquetas. Para unos, fue una variación neorrealista del flamenco-pop, con la crudeza propia de los agitados años setenta. 

Emilio y Jero en 1982 Postal para firmas de sus seguidores


Su gran hallazgo musical consistió en retratar dramas de la marginación con jerga de delincuencia urbana

Hablan de rumba suburbial, un producto madrileño sin relación con la popularísima rumba catalana de Peret y Los Amaya.

Mientras que los gitanos de Barcelona sonaban alegres y tropicales, Los Chichos podían tener bases funky, aires de disco music y guitarras de rock; una vibrante combinación de pachanga y modernidad. Su gran hallazgo consistió en retratar dramas de la marginación, con jerga de delincuencia urbana. Sus canciones de amor tiraban hacia lo tortuoso.

Chaboli quiere precisar: “Los Chichos eran machistas. Solían decir que ellos eran gitanos castellanos, gente se-ria, que nunca permitirían que cantaran las mujeres de la casa, como hicieron Los Chunguitos con Azúcar Moreno. Muy machistas y muy mujeriegos”. Los actuales Chichos huyen de esa fama de cantores de la mala vida. Con discos como el del pasado año, Ladrón de amo-res, presumen ahora de elegancia.

 

durante una actuación en Málaga en el tablao Tano 1978

Adiós a las historias truculentas, con resultado de sangre y fmal en la cárcel. Chaboli acude a las estadísticas: “Mi padre tiene 196 canciones registradas en SGAE y no hay ni un 5% de historias de putas y chorizos.

Era un romántico, pero vio que había un filón en esos asuntos y tiró por allí”. Sí que está claro que Los Chichos fueron pioneros.

promoción Ni mas ni menos 1974

anteriores a Chorbos, Chunguitos y Grecas. A pesar de sus abundantes incongruencias, Los Chichos conectaban visceralmente con gente de todo tipo: se podía vibrar con Ni más ni menos, a pesar de sus falaces advertencias sobre “el honor de una mocita”. Con el éxito, Los Chichos entraron en una existencia vertiginosa. Eran enormemente populares pero no accedieron a la primera división.

La suya no se consideraba una música respetable: “No nos promocionaban ni nos daban discos de oro, decían que lo nuestro se vendía solo. Y era verdad, pero el resultado es que nos consideraban poco. Nos llamaban los reyes de las cintas de carretera pero, despectivamente, como si allí no se vendieran también las casetes de Frank Sinatra o Los Beatles”.

Los Chichos arrasaban por un circuito de salas de fiestas que exigía sacrificios. Chaboli menciona que “hubo veranos de más de cien bolos, meses en los que daban 32 actuaciones en 33 días”.

En los ochenta, la luz de Los Chichos fue levemente eclipsada por la que emitían sus jóvenes competidores, Los Chunguitos. Estos tenían unas letras y unos arreglos musicales más finos. Y se adelantaron en unirse en Deprisa, deprisa-, sus canciones a historias de perros callejeros, gracias a la pasmosa intuición musical de Saura.

Los Chunguitos contaron con la bendición del poeta José Miguel Ullán, se plegaron a remezclas para discotecas, pasaron por La edad de oro televisiva y hasta actuaron en Rock-Ola. Entretanto, Los Chichos ignoraban a la competencia y se despreocupaban de modular su imagen. Los Chunguitos mostraban su modesta casa familiar de una planta en Vallecas, algo impensable en Los Chichos; para entrevistarles, se quedaba, avanzada la noche, en una de aquellas boites del centro de Madrid recargadas de terciopelo.

Con Chaboli o los actuales Chichos resulta imposible confirmar las truculentas leyendas de un Jeros dilapidador y hedonista, lanzado de cabeza a la vida peligrosa. Se trata de una herida antigua que prefieren no reabrir. Las drogas duras irrumpieron en los barrios gitanos, trastocaron una economía de subsistencia y devastaron los clanes: dos hermanos de Jeros se le adelantaron a la hora de descansar en el cementerio de Carabanchel, aseguran que por culpa del caballo, aunque Chaboli argumenta que uno de ellos murió por enfermedad, “estaba malito del pecho”. Un antiguo colega payo, un músico que sobrevivió, explica la dinámica de los rumberos de los setenta: