Los presos gritaban ¡otra, otra!, Jero se adelantó y les preguntó: ¿Qué queréis? Y todos a una contestaron a coro: ¡Co-ca-í-na!. (Concierto de Los Chichos en la cárcel Ocaña I de Toledo, 1985). Emilio, el más largo de Los Chichos, apoyándose en un pelotazo de whisky para coger fuerza, me preguntaba cosas de mi contrato y me pedía consejos para sus reuniones, que siempre eran de pelas. También me contaba entre indignado y confuso que a pesar de estar en todas las gasolineras del país, y por lo tanto de vender muchas casetes, nunca estaban en las listas. Era verdad. (Miguel Ríos)

Hoy igual que ayer 1979

En el programa de Radio Exterior de España Gitanos, dirigido por Manuel Moraga y Joaquín López Bustamante, dieron el año pasado la última cifra de venta de discos de Los Chichos en toda su carrera: veintidós millones de copias. Un número mareante y logrado, además, sin operaciones de marketing, con reticencias de los medios para radiar sus canciones y sin ni siquiera aparecer en las listas de los más vendidos, aunque lo fueron en muchas ocasiones.

Pero en realidad no les hacía falta. Les bastaba con el boca a boca para mantenerse en la cresta de la ola y, por supuesto, con un don, una cualidad que conquistaba los corazones de sus seguidores: Los Chichos tenían verdad.

En los barrios de aluvión, en los extrarradios, la juventud de los años setenta había visto a sus padres matarse a trabajar y pluriemplearse malamente para terminar con la espalda rota y poco más. Como explica el imprescindible artículo «Nos matan con heroína» de Juan Carlos Usó en La Web Sense Nom, esta generación no quería ganarse la vida como sus padres, prefería buscársela. Un espíritu sesentayochista pero a la española. Creció la delincuencia y a los pocos años todos ellos caían de lleno en el boom de la heroína. Este fue el público de Los Chichos.

Una de sus primeras apariciones en su segundo disco publicado en Madrid 1975 titulado "Esto si que tiene guasa"
Los Chichos 1976 Ados amigos

Por supuesto, también los de su raza, los gitanos. Por aquel entonces confinados en barrios chabolistas en los que no entraba alegremente un payo si no era acompañado de uno de ellos. La mayoría no tenía ni DNI. La escolarización brillaba por su ausencia. Los Chichos fueron solo seis meses al colegio, lo justo para aprender a leer y escribir. Eran familias que tenían pocas opciones: o la venta ambulante o la delincuencia. Este también era el público de Los Chichos.

Y luego les seguía, claro está, todo aquel que no fuera sordo. Quienes supieran ver en ellos una evolución natural de Peret y el grande entre los grandes, Miguel Vargas Jiménez «Bambino». Entender que rejuvenecían el flamenco. Apreciar a un artista que cantaba a corazón abierto como era Jero… Pero mejor empezar por el principio de la historia.

Emilio y Julio eran dos gitanos nacidos en Ciudad Real que emigraron al Pozo del Tío Raimundo, en el barrio de Vallecas, Madrid. Emilio pronto sintió afición por la música y se ganaba unas perrillas cantando por los bares cuando solo era un niño. De adolescente, durante una etapa en Salamanca, no paró de trabajar en las fiestas de los señoritos por recomendación de todas y cada una de las prostitutas de la ciudad, a las que se había ganado con su encanto y que le consideraban «su protegido».

 
 
Los Chichos en 1982 posando para la firma del disco
Los Chichos Bailarás con alegría -Madrid- 1981
Empezamos en las barras americanas de Salamanca, siempre había un señorito que pillaba a una, ah, una prostituta y se le calentaba el paladar, quería que se montara una juerga a base de fandangos y bulerías y allí estábamos los gitanos

Su hermano Julio por aquel entonces se ganaba la vida en el campo, iba a la vendimia y a la recogida del garbanzo. También trabajó en una fábrica en Santurce quitándole la cabeza a las sardinas. Era un gitano obrero.

Jero —para que se sitúen, es al que Estopa bautizó como «el del medio de los Chichos»—, había nacido en Valladolid. De pequeño vio morir a su padre a la puerta de su casa y por ese motivo su familia se reagrupó con unos parientes en el Pozo del Tío Raimundo. Allí, a los diecisiete años, se casó con Araceli, de catorce que le dio dos hijos. Para sobrevivir, se dedicaba a la venta ambulante de colchas y telas con su abuelo y también, en otros ratos, al trile. Ya saben, poner una bolita con tres cubiletes sobre una mesita en algún espacio céntrico y engañar a los incautos. Así acabó una vez, por trilero, en los calabozos de la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol. Una detención que celebraremos durante toda la vida, no porque nos moleste el trile —más se roba a los tontos en la bolsa— sino porque en esa celda compuso «Quiero ser libre», hit inmortal donde los haya.

Ahora situémonos en otro punto de Vallecas: calle Arroyo del Olivar. No muy lejos del fantástico parque de las tetas, seguramente el rincón más bello de Madrid aún hoy. El brillante piloto de motociclismo Ángel Nieto Roldán montó una discoteca con la aspiración de que fuese la más moderna del lugar. La cabina del pinchadiscos era un Seat 600 y las luces, de esas que permiten ver la ropa interior bajo los vestidos y que las dentaduras parezcan la Feria de Abril. El garito se llamó Lover.

En el Penal de Ocaña Los Chichos entablan una amistad con Juan José Moreno Cuenca El Vaquilla
Ni mas ni menos aparición de Los Chichos en sus primeras fotos en Madrid 1974

Un buen día, Emilio acudió al local y pidió un encuentro con el relaciones públicas, Eduardo Guervos. Para convencerle de su valía, le sugirió que le acompañara a verle tocar por los bares céntricos de Madrid. Concretamente, por la zona de Doctor Fleming, donde, como en Salamanca, también era amigo de todas las prostitutas. En el precioso libro que escribió Juan Antonio, el hijo de Juanito Valderrama, y Rosa Peña sobre Los Chichos, cuentan que tenía locas a las chicas de alterne. Era un gitano de 1,90, divertido, con el pelo azabache y los labios carnosos. Las chavalas que se buscaban allí la vida «sucumben ante su porte», explica.

A esa zona de bares acudían los altos ejecutivos del momento con la prosaica intención de irse de putas. Para mantener el decoro, se disimulaba la transacción con unos bailes y una invitación a una copa. No eran casas de putas propiamente dichas, de modo que ahí hacía falta un gitano con guitarra como Emilio para endulzar lo miserable. En un local llamado La Coquette, Eduardo Guervos quedó prendado de su salero y magnetismo con los presentes y le contrató para su discoteca.

A los clientes de Lover les gustó el muchacho y a él le siguieron saliendo actuaciones. De esta manera, Eduardo decidió convertirse en su manager, total, no tenía nada mejor que hacer. Y le propuso que se juntara con su hermano, el aludido Julio, para hacer un dúo, un formato más vendible. La cosa siguió funcionando, fue a más. Tanto que el padre de ambos gitanos se preocupaba cuando empezaban a llegar giros postales a casa porque se creía que sus niños estaban metidos en el crimen organizado. En su barrio, pocos de su generación se ganaban la vida honradamente en aquel tiempo. Pero lo rentable en esta familia fue la música, su grupo, al cual decidieron bautizar como «Los Chichos» ya que era el apodo, Chicho, que se trajo Emilio de Salamanca y que en plural le había caído a toda su prole.

Actuando sin descanso, les llegó una oferta para tocar en Vigo. La única pega era que les pidieron que fueran tres, un trío, para dar mejor en el escenario. Los dos hermanos eligieron para acompañarles a Jero, un amigo de toda la vida del Pozo. Le ofrecieron dos mil pesetas por ir a tocar con ellos y en ese momento, señoras y señores, nacieron Los Chichos.

En la discoteca Nueva Electra de Vigo, hasta donde viajaron en coche por las tortuosas carreteras del momento, se propusieron que la puesta en escena fuese moderna y rompedora. Un look de patas de campana a tope y abrigos de piel. Desgraciadamente, Jero no tenía abrigo, le tuvo que dejar uno rápidamente su hermana y, aunque le quedaba un poco entallado, la presentación quedó a las mil maravillas. Cobraron de la recaudación de la taquilla, en billetes marrones de cien pesetas, y ese día, lectores de Jot Down, nació el soul gitano.

 

Los Chichos en 1978

 

EL VAQUILLA
EN EL PENAL DE OCAÑA LOS CHICHOS Y EL VAQUILLA 1985
NI TÚ NI YO LOS CHICHOS 1982
JUAN. A J. DE JOVENCITO BIOGRAFÍA